En el momento de saltar a calentar, la megafonía del estadio enchufó al «Qué viva España» de Manolo Escobar a un volumen atroz. Tan alto que hacía imposible cualquier expresión acústica de disconformidad o incluso cualquier forma de pensamiento crítico. Era el tema de la noche, de la semana. La sensibilidad de Piqué. Las lágrimas de Piqué, el seny de Piqué, la rauxa de Piqué. ¿Qué eres, Piqué? ¿Qué te sientes en lo más hondo?
Por su rueda de prensa no lo llegamos a averiguar, pero a cambio aprendimos que los jugadores juegan a la pocha en los momentos históricos y planean negocios. Pocha y emprendimiento. Son así. Son «globales» y reciben «inputs».
La selección es una España en maqueta. Estos días alguien definió el comportamiento de Piqué como pasivo-agresivo. Eso en el mejor de los casos. Luego está Iniesta, que ha descendido a lo terrenal como un santón, o un místico socialdemócrata. La palabra de Iniesta tiene ahora la consideración del poeta. Es como si bajara de la montaña regateando para decir «dialogad».
Está Ramos, capitán de gracejo lolailo y sentimiento unitario, normativo, y un entrenador que delbosquea. Poco importa que Piqué haya animado a un acto ilegal de una trascendencia gravísima usando unas formas desafiantes. Es “uno de los nuestros”, y unos a otros se tapan; algo en el tuétano de una federación de la que cuelga, como de casi todo en España, una importante sospecha de corrupción. La organización recibe su estatus y presupuesto de explotar la representatividad del país, pero en toda la concentración nadie encontró un solo minuto para pedir que se respetara la Constitución.
Ninguna derrota, 35 goles a favor: España se lo gana a pulso.
Italia, a la repesca. #DestinoRusia pic.twitter.com/ZP1tLLu0Bu— Casa del Fútbol M+ (@casadelfutbol) October 6, 2017
«No mezclar política y deporte», se dice como si fueran chistorra y nitrato de potasio. Pero de política se puede hablar para pedir el voto en un referéndum ilegal o la negociación con unos golpistas.
Piqué, debe recordarse, colaboró el 1-O con la calculada estrategia del movimiento separatista para transmitir al mundo la idea de España como país donde se violan los derechos humanos. Nada menos.
Esto es así, y no se va a callar porque pongan muy alto a Manolo Escobar o porque lo imponga el consenso deportivo, amorrado a la ubérrima teta empresarial.
Así que a Piqué le pitaron y abuchearon, pero sin mayor novedad respecto a lo que viene ocurriendo los últimos años. La gente que acude a ver a España, de una sencillez y buen conformar conmovedores, lo que en realidad prefiere es aplaudir a Isco. Es gente que adora a Isco.
Enfrente estaba Albania. Su bandera, por cierto, tiene un aguilucho extraordinario, temible. Si piensas «albano-kosovar» te cagas de miedo, pero albano a solas suena simpático.
España pasó por encima a medio gas pero con juego alegre. Muchos jóvenes. Lopetegui le dio el mando a Saúl, jugó Rodrigo y debutó Odriozola en el lateral derecho.
Los tres estuvieron bien y España divirtió a los 25.000 aficionados que fueron al Rico Pérez con un fútbol rápido en el que destacó Isco. Le dio el pase del primer gol a Rodrigo y marcó el segundo tras una gran jugada.
Albania llegó poco y casi siempre por Llullaku, su jugador más destacado. Incluso tuvo un remate al larguero no se sabe muy bien cómo.
El tercero gol lo marcó Thiago, mejor que otras veces.
La selección ha sustituido su legendaria fila de medios con un repuesto claro: Asensio, Isco, Saúl y Thiago. Koke se bastó para no echar de menos a Busquets. Su fútbol hubiera resultado abusivo para los albanos.

Produjeron dos saques de esquina en la primera parte y en el primero de ellos se levantó a aplaudir en la grada una muchacha albanesa muy guapa. Todas las novias de los futbolistas se parecen y ella lo era de modo inconfundible. Aplaudía emocionada, orgullosa, al jugador que iba a “botar” el córner, como se dice en el argot. El Rico Pérez sentado y ella de pie, con actitud de fan. El jugador albano receptor del homenaje dio dos pasos atrás, chutó y el balón agarró una curva tan rara que salió por detrás de la portería. La novia quedó parada, inmóvil un par de segundos antes de girarse abochornada. Se sentó y ya no volvió a levantarse.
Con sus cuatro medios genialoides, el fútbol de España era devastador en cuanto se aceleraba un poco. Tras el descanso pudieron marcar Koke y Rodrigo, que se entendió muy bien en las paredes y apoyos.
Lopetegui, que ha revelado un interesante puntito de chulería, cambió a Piqué y el defensa, entre silbido y silbido, se acabó llevando una media ovación del público que agradeció con simpatía. ¿Qué ovacionaba la gente puesta en pie? Ni la más remota idea. Hubo gente que empezó pitando y acabó aplaudiendo.
El público lo que quería, y así lo pedía, era ver a Asensio.
España bajó el ritmo y el partido se desinfló. Como si fuera un zepelín, por la grada aparecía de vez en cuando Manolo el del bombo con su ídem, recién postulado como posible “mediador”.
Se estrenó De Gea con un paradón a Lafiti y entró Asensio, para locura popular. Pero ya no pasó nada y el partido murió de agradable sopor. Macedonia había empatado y España estaba ya en el mundial de Rusia. De forma merecida y con honores; se ha clasificado y además ha evolucionado.
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