Dice Zidane que le gusta «cuando las cosas se ponen difíciles» y vaya que se ha complicado la vida. Se la jugarán en un ambiente por demás enrarecido; ante una afición que siente cerca el naufragio y que ha dejado de creer hasta en Cristiano Ronaldo. Con las estadísticas en contra — no ha logrado remontar en las últimas cinco ocasiones en que partió en desventaja en la vuelta — y con la máxima de Santayana proyectando su sombra sobre Bernabéu. «Aquellos que no conocen el pasado están condenados a repetirlo».
La importancia del duelo y es tal que durante tres días, las figuras más visibles del Real Madrid han intentado arengar a la afición, furiosa tras el fiasco en Alemania. Han querido convencer en su capacidad para remontar un 2-0 en contra. Palabras belicosas y de un optimismo desbordado, casi han implorado la confianza que no se han sabido ganar en el campo en una temporada por demás irregular — sobre todo fuera de casa — pese a la victoria en el Camp Nou.
A Zinedine Zidane no lo había salpicado la ‘crisis’ actual directamente. Había llegado como el ‘salvador’, más por ser quién es que por ser arma probada en situaciones complicadas. Y aunque tropezó en el derbi madrileño — una de esas derrotas marcadas como imperdonables en la casa blanca — la Liga se había dado por perdida desde noviembre y como tal se le eximió de toda culpa. Hasta se pudo dar el lujo de admitir que «la Liga está acabada» para el Madrid. Sólo fue la confirmación de que recomponer el camino en el campeonato doméstico en una temporada funesta era una quimera. Lo de Alemania fue distinto.
La Champions, apuesta fuerte de los merengues por tradición, se había convertido en su última esperanza para evitar una catástrofe. Madrid no ha caído antes de semifinales en las últimas seis temporadas — una de las estadísticas bondadosas, dependiendo del filtro con que se mire, a las que se aferra la institución — y hace diez años que el Real Madrid no hila dos temporadas consecutivas sin ganar al menos uno de los títulos grande (Champions, Liga y Copa).
Cuando ocurrió, en 2004-2005 y 2005-2006 se desató tal crisis que el presidente tuvo que hacerse a un lado. Se trataba de Florentino Pérez, que tuvo al abandonar (temporalmente) la directiva pronunció aquel famoso «los he mimado demasiado». Entre esos ‘mimados’ estaba Zidane, quien había llegado seis años antes al Madrid de los ‘galácticos’. Los Pavones (canteranos) y Zidanes (estrellas) de los que se ufanaba el constructor madrileño.
En dos años y medio desfilaron cuatro entrenadores por el equipo blanco; Juan Antonio Camacho, Mariano García Remón y Vanderlei Luxemburgo, nada más en 2004-05, y Juan Ramón López Caro, que cerró una maltrecha campaña 2005-2006 después de que el brasileño, tras once meses en el cargo, fuera destituido a media temporada.
López Caro, igual que Zidane, fue una solución desesperada. Llevaba cinco temporadas al frente del Castilla y, a diferencia del francés, había logrado el ascenso del equipo a la Segunda División. En su caso, había quedado claro que llegaba como técnico «puente» pues ya desde entonces se hablaba de la llegada de Fabio Capello al siguiente verano. El técnico español apenas pudo remontar desde una cuarta posición para acabar segundos en Liga y se despidió de Champions en octavos de final, eliminado por el Arsenal. Su mayor logro fue haber llegado a la semifinal de Copa del Rey.
López Caro, igual que Zidane, tuvo que hacer maravillas para encajar las piezas en el campo. Un equipo con sobrepoblación de jugadores creativos y en que no había ya un Claude Makelele que sirviera de escudero a Zidane para ganar una Champions, dos títulos de Liga, una Supercopa de Europa, una Supercopa de España y una Continental en dos temporadas. Uno de los mejores medios de contención del planeta, pero que había dejado el club en el verano de 2003, desdeñado por un presidente que obstinado en llenar el álbum de estampitas se negó a subirle el sueldo.
Pese a los Beckham, Ronaldo, Gravesen, Cicinho, Robinho (que había llegado como el próximo Balón de Oro), Baptista, Roberto Carlos y el propio Zidane, el Madrid que no podía fallar tras una temporada en blanco se hundió en aquella temporada 2005-2006. Cegado por el cúmulo estelar, filoso en ataque pero que no tenía quién recuperara un balón. Un conglomerado que, tal como ocurrió diez años después, se despidió de la Liga en plena jornada 12, cuando el Barcelona sacó una victoria por 0-3 en su visita al Bernabéu. La famosa tarde de la ovación de pie a Ronaldinho, que se lució con dos golazos.
Zidane ya vio la película y quiere evitarse un fiasco parecido. El derbi madrileño le dio motivos para dejar de tener miramientos con los caros. 120 millones de euros a la banca — James e Isco — por el trabajo de Casemiro. El que «equilibra» con un promedio de 11 balones recuperados por partido. El perfil de jugador que ya desde hace dos temporadas, cuando Xabi Alonso optó por prados más verdes, el antiguo entrenador (y mentor de Zidane) había advertido que al equipo merengue le faltaba «equilibrio» en la media. Tanto que había intentando hasta reconvertir a Isco, dado que Lucas Silva, fichaje express en sistema de apartado, no lo convencía, y a Casemiro le faltaba la experiencia que fue a tomar con el Porto convirtiéndose en el mediocampista defensivo más efectivo del torneo portugués.
Y no lo va a soltar por mucho que James se haya lucido con un golazo ante un equipo menor.
«Casemiro, lo que nos da es sobretodo equilibrio. Es un jugador que está haciendo cosas sobre todo en equilibrar defensivamente. Sabemos la importancia que tiene cuando estamos en ataque. Cuando tenemos el balón es importante saber lo que va a pasar después y es alguien que piensa mucho en esas cosas», dijo Zidane.
Y tal vez, por ahí empieza la supervivencia. La oportunidad de a Semifinales para, al menos, evitar afearle la estadística a la institución. Ya se verá después si alcanza para llegar a Milán.
Fuente: ESPN








